A veces uno consigue vencer sus ocupaciones y su pereza y se ve inmerso de pronto en mundos inesperados, más aquí, en la esquina de Gran Vía con Fuencarral, la primera repleta de grandes superficies populacheras, la segunda de exclusivas minitiendas de tendencia. Y como anfitriona, esa gran compañía de las telecomunicaciones. Sí, esa. Perdón, denme un segundo. Quizá sí sea éste el enclave ideal.Tras pasar por el detector de metales, elemento imprescindible del modus vivendi contemporáneo –no puedo evitar pensar: “¿Cómo irá esto? ¿con radiación? ¿campo magnético? Sea lo que sea, seguro que no es saludable.”- una señorita me pide desganada mi código postal. Toma ya. Aderezan la visita una multitud de guardias de seguridad, hembras y machos. ¿Qué pensarán de este coreano loco?
Pero vamos al tema. Nam June Paik ha debido ser feliz, da la impresión de que al menos en momentos, ha hecho lo que le ha dado la real gana, y eso está muy bien.
Me flipan sus robots, alguno ronda los tres metros, otros van a caballo, construídos a base de radios y televisores vintage –el término no es mío, figura en las fichas de las obras-, de esos tan hermosos de armarito, de cuando la tele era una cosa que daba pudor y uno la tenía resguardada tras una portezuela. Qué tiempos.

Las piezas se completan con elementos de cable y metal, hasta un buzón enorme del U.S. Mail.
También hay pintura, y láminas de texturas en forma de pantalla de tv retro.
Y composiciones con multitud de monitores que alternan videoclips ochenteros con ritos tradicionales y con simple azar.
Me gusta cómo firma las piezas, ¡sin medida!
Y los robots bombilla.
Y el abuelo y la abuela.
Y la foto de familia sin mentiras.
Y el caballo que tira del carro.
Y una cabeza de vaca.
Y un periódico alemán.
En un aparte, algunas de sus primeras obras, que reflexionan sobre la contemplación y el budismo. Y un caminito que él ha trazado con su frente en el suelo. Cosas de los artistas.

Imágenes: TV Buddah; Varios; Museo Nam June Paik, a inaugurar en 2008 en la provincia coreana de Gyeonggi.
Me encanta también su dolmen, construído con un porrón de televisores que emiten imágenes de la agrupación monumental coreana en la que está inspirado, así como geometrías y figuras de colores, todas en danza constante. Quizá sea por el de Dombate. Cosa atávica, oiga.
Me río mucho con su tortuga, enorme también. Me enfrasco en sus bocetos en servilletas, manteles, hojas pautadas.También hay vídeo, pero no llego a tiempo, y una performance chamánica en honor a un amigo muerto.
Qué más puede uno pedir si no ha tenido ni que pagar la entrada.
Imagen: la abuela y el abuelo.
2 comentarios:
qUÉ BUENO, colega. Qué bien retratas la exposición (al principio no sabía de qué hablabas...)y las cosas de este coreano loco no tienen mala pinta...
Y además gratis. Qué más se puede pedir.
Un saúdo.
Gracias! Usted siempre tan amable... Lo suyo no tiene ningún desperdicio, ¡no! Muy divertida la niponia.
Un saúdo!
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